11.15.2009

Put@s

- ¿Me das tu número de teléfono?

- No.

- ¿Por qué? ¡Lo hemos pasado muy bien! - le dijo sorprendido.

- No lo has entendido ¿Verdad?

- ¿El qué?

- Que no me has saducido. Estamos aquí porque yo he querido, y entre nosotros no hay nada más.

- ¡Zorra!

- ¡No, qué va! Esta noche has sido tú el puto, un zorrito. Te he dejado 5 euros en tu mesilla de noche. Puedes cogerlos.

Y se fué.

11.01.2009

SuperWoman

10.30.2009

La Mamada

Lo podríamos haber recordado como un gran polvo sobre la hierba fresca entre margaritas en un inmenso prado escondido detrás de unos árboles al cruzar un riachuelo. Todo para nosotros solos.

¿Te imaginas cómo podría haber sido Samu?

Tu tumbado y yo incorporada de rodillas a tu lado, tonteábamos con la cámara fotográfica. A mi espalda los reflejos de los rayos del sol alrededor de mi cabeza me daban un aire angelical, casi virginal, de niña buena.
Embriagada por el paisaje, el agradable calorcito que nos estaba regalando el astro rey y por este hombre que tenía debajo de mí ¡Deseaba besarte! ¡Quería besarte! ¡Intenté besarte!... pero tú te retiraste. Alarmada, me subí a horcajadas sobre ti, te pregunté -“¿No me dejas besarte?”-, y al tiempo que me respondías - “Sí, pero no es aconsejable”-, mi mano escondida detrás de mí comenzó a acariciarte la entrepierna. Diste un respingo intentando levantarte para apartarme, pero mis rodillas se clavaron sobre el suelo y empujé tu pecho apretándote la espalda contra la hierba con algo de esfuerzo, -“Tranquilo”- te murmuré en mi plácido tono de voz y reanudé el grato manoseo sobre tu pantalón . Mientras sentía ceder la tensión de tu cuerpo y ladeabas la cabeza hacia un lado cerrando los ojos, notaba cómo el bulto bajo cremallera se endurecía y se hacía más apretado con la fricción suave y rítmica de mi mano que masajeaba por encima de la prenda. Mis dedos traviesos y juguetones, se colaron dentro de tus pantalones y palpé la humedad del líquido ligeramente viscoso que emanaba de la cabeza de tu miembro grueso y fuerte.

El ligero movimiento de tu pelvis me estaba empezando a encender más, y más.

Me relamía y mordía el labio inferior disfrutando con picardía ver cómo la expresión de tu cara se mezclaba entre un excitado dolor, y ese gozo que te hacían apretar los ojos y entreabrir la boca liberando un suspiro entrecortado ¡Dios, qué boca... qué labios tan blanditos y jugosos!

De la mano que me quedaba libre, mojé mis dedos con mi lengua y los paseé entre tus labios carnosos y tiernos, deslizándolos dentro y fuera; tu lengua reaccionó al instante succionándolos y mordiqueándome con los dientes. Samuel, ¡eso me hizo enloquecer! Agachándome hasta tu cuello apoyé mi cuerpo sobre tu pecho y me entretuve un rato comiéndo y lamiéndo con mis labios tu barbilla y tu garganta hasta la oreja, recorriendo con mi cálido aliento cada centímetro de piel e inspirando tu aroma con deleite. Me daba cuenta que nuestras respiraciones se agitaban cada vez más, la libido de nuestros sexos rígidos por la excitación se impacientaban privados del contacto por la ropa y nuestros gemidos se fundían con el trino de los pájaros, que revoloteaban por encima nuestro en aquel prado verde de principios de Abril.

Así, agarrada a tu pene, estremecido de calientes espasmos que te provocaban mi mano, a la vez que te besaba el cuello mientras algún dedo mío seguía dentro de tu boca, y tus manos me acariciaban todo el cuerpo y se aferraban a mis caderas; imaginaba cómo sería el oculto y misterioso objeto de mi deseo dentro de mi boca. Hervía de ansías por sentir el contacto de tu glande con mis labios y acariciarlo con la punta de la lengua ¡No podía esperar más!

Desprendiéndome de ti con mimo, en un rápido descenso hasta la altura de tu cintura apoyé mi culo en tus rodillas y con cierta habilidad nerviosa por el deseo, te desabroché el botón y bajé la cremallera.

- ¿¡Qué haces?! - me dijiste alterado y con cara de horror incorporándote para intentar taparte de nuevo.

- Liberar tu polla de la presión de tus pantalones -, mi obvia respuesta era tranquila y sugerente – relájate Sam, tranquilo... ¡Oh, por la santísima trinidad, no me digas que tienes la picha de color fuxia!¡Qué horterada! - riéndome. - Túmbate otra vez Samuel, sólo quiero hacerte disfrutar y que te vacíes de placer-.

Echado sobre la hierba, aún dudoso, a mí me daba muchísimo morbo descubrir lo que guardabas con tanto recelo a mis ojos.

Acerqué la nariz hasta la parte abierta de la prenda, la virilidad de su intenso olor estimulaban la humedad de mis labios y mi lengua. Te bajé con vicio y decisión los pantalones y los calzoncillos. Con ojos desorbitados contemplé el maravilloso tesoro de carne, a tu macho poderoso que iba a comerme con lúbricos movimientos. Tragaba la saliva que fluía de mis papilas inundándome la boca.

Te acaricié y amasé los huevos redondos y turgentes mientras me demoraba mordisqueando con la suavidad de mis labios tu sonrosado y palpitante glande, lamiendo el líquido trasparente que salía de la pequeña ranura mezclándose con mi jugosa saliva. Empecé a deslizar mi boca cerrada alrededor de tu verga a lo largo y ancho; te la chupaba rítmicamente, arriba y abajo, a dentro y a fuera, salías y entrabas, hacía una pausa arriba y movía la cabeza circularmente, volviendo a bajar hasta la base y con la punta rozándome el paladar movía la lengua voluptuosamente. El sabor de tu mórbido falo tenso por la sangre acumulada, estimulaban la parte más íntima de mi vulva, que dilatada latía estremecida sensible a cualquier roce de mis braguitas empapadas. Eras muy sabroso. Tu timidez la habías transformado en jadeos que liberabas con las sacudidas de tus caderas.

En mi mente deseaba cabalgarte vibrando suelta y con brío, sentir cómo tu sexo se hundía en mi cálida caverna mojada y cubierta de su deslizante miel; rodar sobre la hierba y sentir tu peso sobre mi cuerpo empujándome, embistiéndome, retorciéndome de intenso placer ardiente; sentirme rendida y sometida a la ternura de tus brazos que me pondrían de rodillas con las palmas en el suelo y tú detrás clavándote en mí, con tus manos de cirujano apretando mis pequeños y firmes senos erectos al contacto de tus yemas con mis pezones, y el golpe de tu aliento sobre mi nuca. Perdía la concentración de delirio climático.

Mi boca estaba llena de ti, tus dedos se enredaron sobre mi pelo marcando el ritmo de mis labios que se deslizaban frenéticamente desde y hasta la raíz de tu fiera desbocada a punto de derramarse en un abundante río de semen. Hundí las uñas de mis dedos en tus pectorales bajo la camiseta empapada de sudor. Toda nuestra comunicación era sensitiva, visceral, febril, encendida... Todo era sexo y el orgasmo que nos produciría un clímax relajado y agradable de abandono completo. Nos buscamos con los ojos.

- ¡Voy a correrme...! -.

No, es verdad, así no pasó. No pasó nada de esto.

4.23.2009

La Casa De Su Abuela

Alejandro cerró la puerta con llave al salir y se marchó a la casa de su tía a por el pan para el día siguiente, ya que ella se había encargado de comprarlo. Me quedé sóla en la inmensa casa de su abuela. Fui a la habitación a cambiarme la ropa húmeda por una muda seca, me puse el pijama y una bata; abrí la ventana y dejé que el aire fresco corriese para que ventilase la habitación, pues estando la calefacción funcionando todo el día, hacía un calor insoportable.

Fuera ya era de noche, desde que volvimos del monte aún no había dejado de llover. En la ventana donde yo estaba, se veía el cementerio de la pequeña aldea perdida por las montañas de Ourense a la que habiamos ido a pasar unos días de Semana Santa. Hacía pocos meses que había leido “El bosque animado”, y ahora, ahí contemplando la residencia de difuntos, me acordé de la leyenda de la Santa Compaña. Cuenta la mitología gallega que una procesión de ánimas en pena, recorren errantes los caminos y los pueblos visitando los hogares de aquellas personas que van a morir. Sonreí escéptica y fui a la cocina a preparar la cena.

Puse el horno a calentar. Las persianas se batían y crujían por el viento y la lluvia de forma violenta, en algún sitio alcanzaba oír el sonido de un cepillo al barrer el suelo... <Tsiiii-tsi,tsiiii-tsi> “Será fuera” pensé, “¿Quién estará barriendo a estas horas de la noche con este tiempo?”. Cogí un cuchillo afilado para cortar las empanadas, me acerqué a la mesa y en el momento en que hundía el cubierto en la masa tostada, se fue la luz. Di un respingo y aferré el cuchillo con fuerza, los músculos se me tensaron, abrí los párpado en alerta apretando la mandíbula dando cuenta de mi respiración agitada y nerviosa. Reaccioné rápido y fui directa a la caja de la luz, a tientas subí todos los puentes y no funcionaban “¡Mierda!”; al último, el pasillo, la cocina y el salón se iluminaron. Miré a lo largo del corredor: todas las habitaciones permanecían abiertas. El viento seguía golpenado las persinas, el cepillo seguía barriendo en algún maldito lugar, quise salir a la calle pero recordé que Alejandro había cerrado con llave... <Tsiiii-tsi, tsiiii-tsi> escuchaba.

- ¡Basta! - grité en voz alta. - ¡Basta! -.

Apagué el horno y una música de móvil sonó en el desván, la zona lúdica como la llamábamos.

"¡No me lo puedo creer!" me repetía con asombro. Mis pies me llevaron hasta el descansillo de la escalera que ascendía hasta la amplia estancia llena de camas cubiertas con sábanas blancas, señal de que hacía años que nadie dormía en ellas. Apoyé una mano sobre la barandilla y un pie sobre el primer escalón.

- ¡Basta, maldita sea! - vociferé hacia el hueco oscuro de la escalera, - ¡Basta! - y con ira apreté el cuchillo.

La melodía cesó.

Sentí una caricia helada en la espalda, derepente el golpe de una puerta tras de mí hizo que se me erizasen los pelos de todo el cuerpo, hasta el bello más fino de la nuca. Un escalofrío de espanto me recorrió por todo el espinazo de arriba a bajo. Giré sobre mis talones y evitando dejarme invadir por el pánico, abrí la habitación, encendí la bombilla y advertí sin alivio que el aire agitaba la fina cortina con furia, me di prisa a cerrar la ventana y bajé de un porrazo la persiana sin detenerme a mirar a través de los cristales.

Joder, me estoy volviendo loca” me decía a mí misma en un remolino de inconexos pensamientos. Aferré más fuerte todavía el cuchillo que en ningún momento lo había soltado.

Salí al pasillo esperando ver alguna sombra que nunca apareció y volví a la cocina con estupor intentando conservar la sangre fría. Todo quedó en silencio dentro de la casa. La mano me dolía de empuñar con tanta fuerza el cuchillo, esperando de pie a que mi compañero llegase. El tiempo se hacía eterno impaciente por escuchar la llave en la cerradura. Por fin, Alejandro llegó y relajé los dedos abandonando el machete sobre la encimera.

¿Todo fue autosugestión?

Esa noche, al móvil de Álex que estaba en el desván, no le había llamado nadie.

4.18.2009

Sueño De La Mariposa

Chuang Tzu soñó que era una mariposa. Al despertar ignoraba si era Tzu que había soñado que era una mariposa o si era una mariposa y estaba soñando que era Tzu.

Chuang Tzu - China: 300 aC

4.01.2009

Terapia de grupo

Las luces se atenúan.

En el suelo de la sala aclimatada.

Dentro del círculo una botella gira y gira, selecciona al azar, es como la oui-ja, sí-sí, nadie puede abandonar. La ruleta de cristal decide quienes serán, da igual los que jueguen pues si de sexo se trata, el conejito de la suerte es imparcial. Los dados vuelan, caen, ruedan, se detienen: eligen la postura, la zona que se estimula; si es con la lengua, con las manos o con los labios.

Con pudor y decoro se van desnudando. Primero se exploran entre ellos, los escogidos, con trémula confianza se somenten y se abandonan a la líbido de la nueva diversión. Los que observan, por turnos se irán invirtiendo y se irán uniendo, hasta que no quede nadie. Están todos dentro del juego.

Las paredes encierran el aire impregnado de feromonas que inhalan los presentes de tal concupiscente reunión.Voluptuosos, lascibos y obscenos son los ecos que resuenan y rebotan. Nadie es horrendo, cada cada cual es hermoso, regala su íntima y caliente ofrenda a los demás, se mezclan, se confunden sus pieles morenas, aceitunadas, lechosas y de crema. Manos masculinas y femeninas, jovenes y maduras, iniciadas y expertas, todos se acarician, se deslizan. Reptan entre el gozo de sus cuerpos bañados de fluidos orgásmicos y ardientes de movimiento. Se penetran. Alguien ha sacado un consolador que se van introduciendo y relevando, como las bolas chinas que van compartiendo en pareja. Todo es un caótico y embriagado culto a Dioniso y Eros, todos están borrachos y drogados de deseo y pasión voluptuosa, deborándose y alimentándose de atributos carnales, de sus organos y sus zonas sensuales. Las convulsiones y espasmos se combinan en un murmullo cóctel de gemidos y jadeos que se van desenlazando en exaltados gritos de pasión y lujuria culminada.

3.27.2009

Cartas Eróticas

CARTA 1

Mi amado Jesús:

Me es difícil decirte esto y más aún por este medio, por carta, pero me es urgente y no tengo el valor suficiente para decírtelo a la cara.

Sabes que nuestra relación, después de 2 años y numerosos intentos de arreglar nuestras diferencias han sido fallidos uno detrás de otro ¿Por qué seguimos juntos entonces? No lo sé, por eso te escribo, porque llevamos mucho tiempo haciéndonos daño y esto no puede seguir así, no es bueno para ninguno de los dos.

No hay nadie en mi vida, pero he de confesarte que durante mis vacaciones en Mallorca he vivido una aventura con otro hombre y eso me ha llevado a tomar la iniciativa de ser yo quien ponga fin a nuestro noviazgo, que desde hace meses es un martirio.

Lo siento Jesús, ojalá todo te vaya bien y encuentres a la mujer que sepa darte lo que yo no fui capaz.

Siempre, Carolina.


CARTA 2

Mi muy querida madre:

Las noticias que tengo para ti no son nada satisfactorias: estoy embarazada. Sé que a mi tierna edad de 17 años es una auténtica locura, sobretodo porque el destino de este niño es la de una madre soltera, ya que dadas las circunstancias no quiero que se sepa la identidad del padre, causaría gran revuelo entre nuestra familia, si acaso rechazo. Sin embargo, estoy decidida a traer a mi hijo al mundo y espero que me apoyes en ello.

Llevo en periodo de gestación 3 meses, desde que vine de Mallorca; he ido a revisiones periódicas al médico desde entonces y el embarazo sigue adelante con un bebé sano, aún no sé el sexo que tendrá, me reservo la incógnita hasta que nazca y le tenga entre mis brazos.

No te ocultaré que tengo miedo de criar a una criatura yo sola, pero tampoco ocultaré que poseo el valor y el coraje de darle todo lo que posea incluida mi vida.

Hay muchas más cosas de las que me gustaría que hablásemos, pero no creo que pueda abarcarlas todas en un pedazo de papel. Así bien, esa misiva sólo es el enlace de una larga conversación entre madre e hija, y el hecho de que no encontraba el medio adecuado para darte la noticia de que vas a ser abuela.

Un fuerte beso y un abrazo.

Tu hija Carolina.


CARTA 3

¡Lo que tengo que contarte Marta!

No sabía a quien recurrir y te escribo a ti, necesito desahogarme y contarle a alguien lo que he vivido ¡Ha sido de película!

Lo cierto es que no fue una actuación premeditada, todo ocurrió como fueron sucediendo los acontecimientos, de forma natural y espontánea ¡Sí, es una locura, será condenada por los cánones sociales! Sin embargo, no me arrepiento de nada.

Todo ocurrió este verano en Mallorca, mi tía me había invitado a su casa a pasar unas vacaciones en su apartamento de la playa, nunca había estado en la isla y necesitaba alejarme de mi novio una temporada (darnos un tiempo porque nuestra relación atravesaba por un nuevo periodo de crisis). Así que me animé y tomé un vuelo de bajo coste hacia allá la última semana de Julio.

Cuando llegué, el calor apretaba y mi tía me recibió con los brazos abiertos en su casa con vistas al mar. Mi estancia allí iba a ser de una semana por lo que me invitó a sentirme cómoda durante el tiempo que estuviese allí.

Los tres primeros días los utilicé para ir a la playa y disfrutar del mar mediterráneo y del sol mallorquín. Hice algunos amigos allí y salí con ellos de fiesta una noche, pero mi apetito sexual estaba flácido, quizá por mi situación con Jesús. Pero entonces, la mañana del penúltimo día como huésped, llegó él, mi primo, al desolado apartamento regentado por mi amable tía.

Yo estaba desayunando, y en el mismo momento que entró por la puerta principal y se asomó por la de la cocina, me recorrió un rubor que perforó hasta lo más profundo de mi intimidad.

En su rostro se iluminaba una complaciente sonrisa que hacía que sus ojos verdosos se estirasen ligeramente dándole un aire oriental, era un rostro atractivo, pulido y masculino con pequitas salpicadas al azar, Su cuerpo bajo la ropa veraniega se adivinaba esbelto y bronceado por el sol. No pude evitar un espasmo que crujió en silencio dentro de i pubis sintiendo la llamada de mi húmedo clítoris.

Con los saludos familiares pertinentes me informó que venía de visita a vernos a mí y a su madre y se quedaría hasta la noche.

Esperé hasta la hora de la siesta. Y allí, en la soledad de la habitación de invitados, sobre la cama de invitados comencé a acariciarme la cintura y los pechos, descendí hasta las braguitas y colándome bajo el algodón del tejido, introduje los dedos entre los pliegues de mis labios deslizándolos con caricias bastante conocidas, masturbándome mientras recordaba y recreaba el rostro y la primera impresión que tuve de mi primo desde la última vez que lo había visto en Madrid, después de 7 años.

Estaba en una rica y deliciosa fantasía cuando de repente entró él en la habitación encendiendo la luz. Me quedé horrorizada mirándole fijamente a los ojos de par en par, y acto seguido los cerré fuerte por la vergüenza y la humillación. Él no dijo nada, sólo apagó la luz u cerró la puerta. Pensé que se había marchado cuando,en la penumbra, unos dedos masculinos, suaves y expertos se pasearon tiernamente por mi boca, jugaron con mis labios y se introdujeron entre mis dientes; los lamí deseando cualquier otra parte de esos dedos que se dirigieron hacia mi vulva húmeda y palpitante. Me abandoné a los tocamientos de mi primo que delataban una amplia experiencia con muchas otras mujeres.

- ¿Quieres más? -, me susurró desde la lejanía.

Un gemido obtuvo por respuesta. Se desabrochó los pantalones, se desprendió de la camiseta y los calzoncillos y se puso sobre mí. Me tomó de las piernas, posó mis talones sobre sus hombros, y entonces recibí su miembro apretando dentro de mí, llenándome entera. Nos movíamos en un vaivén frenético e impaciente por descomponernos el uno dentro del otro mientras me confesaba que había esperado este momento durante mucho tiempo aún cuando nos separaban quince años de edad.

Me besó el cuello, las orejas, la boca, la frente, me comió los senos, siempre dentro de mí, en el ambiente se respiraba a sexo. Probamos alguna postura más en la silla y en el suelo, hasta que agotados nos tendimos en la cama y entre jadeos nos regalamos familiares besos relajándonos sobre las sábanas.

Al día siguiente volví a Madrid y no tuve más noticias de mi primo.

Sí, pensarás que soy una cerda incestuosa pero, no me importa.

Un fuerte abrazo:

Tu amiga Carolina.


20. Octubre. 1996


3.17.2009

Relatos del Baúl

Bienvenida¡!

Camino por el pasillo de un extremo a otro. Estoy nerviosa, hoy viene una visita especialmente importante. Hace dos años que no le veo, el tiempo transcurrido desde que decidí espulsar a Iván del único pedazo de corazón que quedó cuando éste, me lo arracó del pecho y lo estrelló contra el suelo marchándose para siempre.

Las manos me sudan. Procuro distraerme con el libro de astronomía pero mi concentración se disipa. Lo intento de nuevo con la guitarra y mis trémulos dedos son incapaces de sacar un mísero acorde. La radio no me relaja.

Por fín el timbre suena. <Es ella> pienso.

Me atuso el cabello, me aliso el vestido y a prisa, llego hasta la entrada. Abro la puerta.

Ella tiene trazada una sonrisa en el lienzo de su rostro, el aliento se me corta, parece un ángel. Una túnica blanca hasta sus pies, le cubre el cuerpo. Piel inmaculada. No la recordaba tan bonita: es una ilusión mística.

Entonces, ligeramente extiende sus brazos y yo, hipnotizada, le rodeo la cintura con los míos. Pero ya no sonrie. Sostiene mi rostro entre sus pulidas manos. Mis pupilas se dilatan por la intensidad de su mirada. Une sus labios a los míos sin cerrar los ojos. Huelo su incienso y le abrazo más fuerte pudiendo oír así, el sosegado latido de su corazón surcando a través de mi pecho, de mi corazón que comienza a acelerar el ritmo llevando por el torrente sanguineo la estruendosa melodía cardíaca hasta hacer vibrar los tímpanos de mis oidos. Mi respiración se excita.

Tímidos, mis labios se separan y la invitan a jugar. Nuestras bocas bailan mientras nuestras lenguas se entrelazan acariciandose en una danza de fuego tan intesa, que una lágrima brota de mis ojos y resbala por mis mejillas.

Deseo seguir así: lo que reste de vida. Nunca labios tan deliciosos me habían regalado besos tan exquisitos con esa pasión y lengua seductora.

Mi veloz mente: los pensamientos,los sueños, las ideas, los suspiros, las carencias, los deseos, el lapsus, todo... Todo se arremolina entre las hebras de las neuronas de mi cabeza.

De repente, su sensitiva lengua emite calambres codificados en agradables descargas eléctricas. Su aroma se hace más intenso e inhalo profundamente para que llegue hasta el alveólo más recóndido.Aguda, mi audición percibe los más callados sonidos del ambiente y el silencio es una nota de dolor. Extramisivo, mi alma se refleja en el agua de sus desarraigados ojos. La sujeto con firmeza: la deseo, la deseo salvajemente, la deseo con fuerza, con violencia; la deseo pues, la deseo. La deseo dentro, muy dentro de mí. La deseo tanto que siento cómo nuestros cuerpos, nuestras pieles, las células de nuestra epidermis al saberse unidas, inician una retromitosis fusionándose unas en otras.
Toda ella penetra por el hueco de mis sentidos deslizándose a lo largo de mis fibras sensibles, concentrándose en el corazón, en la mente, en lo más profundo de mi cuerpo... en el centro de mi propia existencia.

Cierro los ojos, me siento ligeramente desfallecer. La luz del alba nace dulcemente en el recuerdo de mi memoria. Suave, la siento crecer infinita en mi interior.

-Bienvenida "Inspiración"-. Abro los parpados, miro al tendido. Sonrío.

(Junio 2006)

3.10.2009

Jack Johnson






Gone

Look at all those fancy clothes,
But these could keep us warm just like those.

And what about your soul? Is it cold? Is it straight from the mold,
and ready to be sold?

And cars and phones and diamond rings,
Bling, bling, because those are only removable things.
And what about your mind? Does it shine?
Are there things that concern you,
more than your time?

Gone, going.
Gone, everything.
Gone, don?t give a damn.
Gone, be the birds, when they don?t wanna sing.
Gone, people, all awkward with their things,
Gone.

Look at you, out to make a deal.
You try to be appealing, but you lose your appeal.
And what about those shoes you?re in today?
They?ll do no good, on the bridges you burnt along the way.
And you're willing to sell, anything?
Gone, with your head.
Leave your footprints,
And we?ll shame them with our words.

Gone, people, all careless and consumed, gone
Gone, gone, gone, everything.
Gone, don?t give a damn.
Gone, be the birds, when they don?t wanna sing.
Gone, people, all awkward with their things, Gone.

3.04.2009

El Vagabundo

Sus ojos, recuerdo sus ojos. Entre tanta suciedad, sus ojos de un azul intenso penetraron los míos en apenas un intercambio de miradas, y la lujuria, celosamente dormida en mí, se liberó.

Recuerdo la impresion que me dió la primera vez que le vi: yo volvía de viaje y arrastraba la maleta por la ancha acera de la avenida principal, un hombre joven pasó frente a mi, me llamó la atención su larga melena, su altura, su complexión atlética. En un atisbo noté por su veraniega vestimenta, su ausente calzado, el cartón de vino barato en una mano y su fijación por la papelera más próxima que no vivía en Notting Hill, pues el sujeto parecía extranjero. Era guapo en conjunto, pero mi interés crecía inversamente proporcional a sus hábitos de higiene.

Ya no recuerdo el tiempo que transcurrió, quizá uno o dos meses. Ni siquiera le recordaba a él.

Una mañana de los últimos días de Julio salía de casa con prisa, el coche lo había congido mi hermana y el medio de transporte más rápido para llegar a la conferencia sobre “óptica visual y biofotónica” era el autobús. Los tacones resonaban por la larga y sileciosa calle, mis pensamentos estaban centrados en la charla que tendría que dar a un público deseoso de marcharse de vacaciones a una isla paradisiaca.

Al final de la calle vi cómo una figura se sentaba en la esquina de un edificio a leer un periódico arrugado. Según avanzaba, el extraño iba tomando forma; le reconocí por su pelo largo, negro, y porque aún seguía descalzo. El sonido de mis pisadas le sacó de su lectura y giró su cabeza hacia mí. Y sus ojos.

Sus ojos... en mi oficio he observado una gran variedad de colores de ojos en sus diferentes tonalidades y contrastes, pero jamás había apreciado unos ojos como aquellos, de un azul oscuro tan intenso y a la vez tan definido, de un azul tan profundo como las aguas de los océnaos del Norte. Y a la luz del sol resplandecían sobre aquel atractivo rostro anguloso con barba de tres días.

No recuerdo qué se activó dentro de mí, ni estoy segura qué me impulso a sentarme cerca de él. Sí, sí que lo recuedo, fue el apetito de la aventura, de lo desconocido, de lo misterioso, de él.

- Hola.

- Hola. - me saludó en un amable español forzado.

- Ven conmigo-. Le propuse con imperativa invitación.

Le tendí una mano con suavidad ensayada, enseguida percibí la fuerza de la suya asiando una firme unión. Entonces, el confiado y desaliñado forastero siguió mis pasos hasta mi casa. No había nadie.

Recuerdo el ansia de deborar los alimentos que le había tendido sobre la mesa de la cocina, a cada bocado mostraba una dentadura blanca, perfeta, lustrosa. ¿Qué le había pasado?¿Cómo había llegado hasta allí? ¿Por qué vivía en la calle? ¿Y cuánto tiempo llevaba así? Evitando una interrupción inquisitiva, fui a una pregunta más concreta:

- What's your name?

- John

- Ok John, I'll prepare you a bath.

Me puse cómoda con una camisa blanca de algodón y unos vaqueros ceñiditos a la cintura. Llené la amplia bañera de agua templada hasta la mitad y vertí una cantidad generosa de gel perfumado removiéndolo con las manos para espumar el agua. Saqué toallas de un armario, olían a limpio, a suavizante ¡Me encanta esa fragancia! Y las deposité sobre el bidé.

No recuerdo el sonido de la puerta al cerrarse, aunque sí recuerdo su presencia a mis espaldas, el hedor de su cuerpo era fuerte pero no desagradable. Sentí su respiración sobre mi nuca, advertí un cambio en el ritmo de mi pulso, me volví hacia él, le tomé las manos y las lavé entre las mías en un baile de dedos deslizantes por el jabón. Se dejaba hacer sin apartar sus ojos de mí como un tigre que vigila a su presa antes de avalanzarse sobre ella.

Aún con las manos húmedas, le quité la camiseta, su cuerpo era fibroso como el de un escalador, con los músculos bien definidos, sus hombros estaban prefectamente torneados, sus brazos era fuertes y sus manos, ahora limpias, no eran callosas mostrando unas bonitas uñas con recotes irregulares. Me acariciaba por encima de la blusa sin lascibia, con movimientos lentos que endurecieron mis pezones. Excitada le bajé la cemallera y los pantalones, y los eché a un lado liberando su pene en erección. Le conduje dentro de la bañera y le froté sobando, magreando, palpando, masajeando, disfrutando todo su cuerpo, cada centímetro de él; el cuello, sus hombros, sus brazos, la espalda, sus pectorales, su estómago, bajando por las caderas, sus piernas fibrosas contorneadas, su culo prieto, acaricié su ano; sujeté su miembro poderosamente erguido y lo agité subiendo y bajando la piel arriba y abajo, arriba y abajo. Arriba- abajo. Su atractivo rostro, ya aseado, se había contraido por el masaje afrodisiaco.

Recuerdo que sin avisar me tomó en sus brazos, me metió con él, mi ropa se empapó completamente de agua y espuma. Reí, pero John me besó con frenesí, me mordió el labio inferior, nuestras bocas se unieron, nuestras lenguas danzaban con hambrienta pasión, sus manos recorrían todas mis zonas más sensibles, mis pechos, mi vientre, mis cintura, mi culo, mi sexo. Me sentía completamente inflamada. Me arrancó la camisa y los pantalones, me besó, me lamió, me mordisqueó los pezones rosados, yo estaba fuera de mí jadenate. Seguía descendiendo por el ombligo hasta el monte de venus, me agarró las caderas y hundió sus labios rojos y brillantes entre los míos y sentí su lengua jugando con el clítorix, introduciéndose dentro de mi sexo lamiéndolo con maestría, gustando y sorbiéndome entera.

Le enjaboné el pelo largo, lacio, moreno con las yemas de mis dedos masajeándole la cabeza mientras él me comía entre los muslos. Ambos disfrutábamos, le apreté sin apartar mis ojos de los suyos, era como caer desde el cielo azul sin paracaídas amortiguada en una lengua húmeda y deliciosa. Pero antes de llegar al punto más alto de mi éxtasis, tiró de mí poniéndome de rodillas. Me besó con ternura la boca y me guió hasta la altura de su falo grande e hinchado. Entre abrí los labios, le pasé la punta de la lengua por su rosado glande y fui introduciéndomelo en la boca toda su longitud hasta la base, lo lamí y relamí; olía y comía su miembro vigoroso mientras le apretaba levemente por debajo y sentía el chorro del agua tibia sobre mi esplada.

No recuerdo el sabor de su semen porque derepente se separó, me puso en pie y me dió la vuelta, me separó las piernas, me acarició las nalgas. Deseé sus expertos dedos que se deslizaron entre mis labios, masajeádolos y haciéndo círculos e intermitente presión sobre el clítorix. Nuestros gemidos se oían desacompasados, los suspiros eran clamores de impaciente deseo. Entonces, doblándome hacia delante me sujetó las caderas y suplicándo para recibirle, me penetró por detrás. Sentí como su fuerza se abría paso hacia el caliente interior de mi sexo húmedo y carnoso dilatado por su carne dentro de mi carne. Sus rápidas, pausadas y, otra vez, rápidas embestidas de salvaje deleite nos hacía gozar y disfrutar. Nos follamos hasta que nuestras bocas se encontraron y besándonos apasionadamente llegamos a un orgasmo pleno elevado por el delirio de un grito ahogado en el espasmo del clímax.

Desfallecidos, nos sentamos en la bañera y nos acurrucamos en un abrazo de sueño espumoso.

2.23.2009

La Niña Que Silenció Al Mundo




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2.20.2009

El Secreto