Halo
He ahí LA REINA, LA DIOSA: BEYONCÈ.

¡Deseos! Por desear no escatimaré en deseos. Cierro fuerte los ojos y deseo... deseo un saco lleno de confianza, decisión, valor, coraje, libertad, compasión, plenitud y amor. La confianza en ti mismo para decidir con valor y coraje la mejor opción, la que te haga sentir mejor, aunque si persisten las dudas: hazlo a tu manera; libertad para moldearte a ti y decir (que no imponer) lo que piensas y en lo que crees; que sepas mantener la compasión y la paciencia con aquellos que no saben comprenderte ni te entienden, con los que intentan pagar su frustración contigo... sólo son vidas que agonizan bajo la piel.
También te deseo tristeza, ira, odio y ambición: tristeza... intenta nunca estar triste porque ya se encargarán de ello, pero cómo evitarla ¿verdad? Cuando la tristeza venga, acógela, baila con ella, deja que te inspire y expresalo como belleza del dolor esmerilado. Pero no te acostumbres a ella, déjala marchar, no la permitas que te controle. La ira. La ira en pequeñas dosis para descargar energía y tensiones ¡Un par de gritos nunca vienen mal! Odio. Odia, pero reservalo para tus enemigos porque los enemigos también son dignos de tus pasiones, mas no derroches ese odio en individuos que no merecen más allá de una distraida mirada de indiferencia. Ojalá estos y aquellos sean escasos o nulos. Y ambición, pues sin ella no vamos a ninguna parte; además, ambición e ilusión no tienen porqué ser incompatibles.
Pero la clave de estar plenamente consciente y vivos es: el amor. Amor de quienes y para quienes te rodean, pero sobretodo y más importante el amor que se siente y se tiene a uno mismo, que se arraiga en lo más profundo del ser. Déjalo salir, elevarse, que te envuelva. Y nunca te sentirás sólo.
Nada de esto te lo digo de corazón, son sólo tópicos y filosofía barata. Resulta una gran paradoja, y es que hasta que no se elabore un nuevo idioma, el verbo y la forma en que te lo digo fluyen desde la pureza del alma en el centro de mi propia existencia; no para navidad y tampoco para año nuevo, sino para cada uno de los días del resto de tu vida.
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MARÍA:
Lo podríamos haber recordado como un gran polvo sobre la hierba fresca entre margaritas en un inmenso prado escondido detrás de unos árboles al cruzar un riachuelo. Todo para nosotros solos.
Alejandro cerró la puerta con llave al salir y se marchó a la casa de su tía a por el pan para el día siguiente, ya que ella se había encargado de comprarlo. Me quedé sóla en la inmensa casa de su abuela. Fui a la habitación a cambiarme la ropa húmeda por una muda seca, me puse el pijama y una bata; abrí la ventana y dejé que el aire fresco corriese para que ventilase la habitación, pues estando la calefacción funcionando todo el día, hacía un calor insoportable.
Fuera ya era de noche, desde que volvimos del monte aún no había dejado de llover. En la ventana donde yo estaba, se veía el cementerio de la pequeña aldea perdida por las montañas de Ourense a la que habiamos ido a pasar unos días de Semana Santa. Hacía pocos meses que había leido “El bosque animado”, y ahora, ahí contemplando la residencia de difuntos, me acordé de la leyenda de la Santa Compaña. Cuenta la mitología gallega que una procesión de ánimas en pena, recorren errantes los caminos y los pueblos visitando los hogares de aquellas personas que van a morir. Sonreí escéptica y fui a la cocina a preparar la cena.
Puse el horno a calentar. Las persianas se batían y crujían por el viento y la lluvia de forma violenta, en algún sitio alcanzaba oír el sonido de un cepillo al barrer el suelo... <
- ¡Basta! - grité en voz alta. - ¡Basta! -.
Apagué el horno y una música de móvil sonó en el desván, la zona lúdica como la llamábamos.
"¡No me lo puedo creer!" me repetía con asombro. Mis pies me llevaron hasta el descansillo de la escalera que ascendía hasta la amplia estancia llena de camas cubiertas con sábanas blancas, señal de que hacía años que nadie dormía en ellas. Apoyé una mano sobre la barandilla y un pie sobre el primer escalón.
- ¡Basta, maldita sea! - vociferé hacia el hueco oscuro de la escalera, - ¡Basta! - y con ira apreté el cuchillo.
La melodía cesó.
Sentí una caricia helada en la espalda, derepente el golpe de una puerta tras de mí hizo que se me erizasen los pelos de todo el cuerpo, hasta el bello más fino de la nuca. Un escalofrío de espanto me recorrió por todo el espinazo de arriba a bajo. Giré sobre mis talones y evitando dejarme invadir por el pánico, abrí la habitación, encendí la bombilla y advertí sin alivio que el aire agitaba la fina cortina con furia, me di prisa a cerrar la ventana y bajé de un porrazo la persiana sin detenerme a mirar a través de los cristales.
“Joder, me estoy volviendo loca” me decía a mí misma en un remolino de inconexos pensamientos. Aferré más fuerte todavía el cuchillo que en ningún momento lo había soltado.
Salí al pasillo esperando ver alguna sombra que nunca apareció y volví a la cocina con estupor intentando conservar la sangre fría. Todo quedó en silencio dentro de la casa. La mano me dolía de empuñar con tanta fuerza el cuchillo, esperando de pie a que mi compañero llegase. El tiempo se hacía eterno impaciente por escuchar la llave en la cerradura. Por fin, Alejandro llegó y relajé los dedos abandonando el machete sobre la encimera.
¿Todo fue autosugestión?
Esa noche, al móvil de Álex que estaba en el desván, no le había llamado nadie.