CARTA 1
Mi amado Jesús:
Me es difícil decirte esto y más aún por este medio, por carta, pero me es urgente y no tengo el valor suficiente para decírtelo a la cara.
Sabes que nuestra relación, después de 2 años y numerosos intentos de arreglar nuestras diferencias han sido fallidos uno detrás de otro ¿Por qué seguimos juntos entonces? No lo sé, por eso te escribo, porque llevamos mucho tiempo haciéndonos daño y esto no puede seguir así, no es bueno para ninguno de los dos.
No hay nadie en mi vida, pero he de confesarte que durante mis vacaciones en Mallorca he vivido una aventura con otro hombre y eso me ha llevado a tomar la iniciativa de ser yo quien ponga fin a nuestro noviazgo, que desde hace meses es un martirio.
Lo siento Jesús, ojalá todo te vaya bien y encuentres a la mujer que sepa darte lo que yo no fui capaz.
Siempre, Carolina.
CARTA 2
Mi muy querida madre:
Las noticias que tengo para ti no son nada satisfactorias: estoy embarazada. Sé que a mi tierna edad de 17 años es una auténtica locura, sobretodo porque el destino de este niño es la de una madre soltera, ya que dadas las circunstancias no quiero que se sepa la identidad del padre, causaría gran revuelo entre nuestra familia, si acaso rechazo. Sin embargo, estoy decidida a traer a mi hijo al mundo y espero que me apoyes en ello.
Llevo en periodo de gestación 3 meses, desde que vine de Mallorca; he ido a revisiones periódicas al médico desde entonces y el embarazo sigue adelante con un bebé sano, aún no sé el sexo que tendrá, me reservo la incógnita hasta que nazca y le tenga entre mis brazos.
No te ocultaré que tengo miedo de criar a una criatura yo sola, pero tampoco ocultaré que poseo el valor y el coraje de darle todo lo que posea incluida mi vida.
Hay muchas más cosas de las que me gustaría que hablásemos, pero no creo que pueda abarcarlas todas en un pedazo de papel. Así bien, esa misiva sólo es el enlace de una larga conversación entre madre e hija, y el hecho de que no encontraba el medio adecuado para darte la noticia de que vas a ser abuela.
Un fuerte beso y un abrazo.
Tu hija Carolina.
CARTA 3
¡Lo que tengo que contarte Marta!
No sabía a quien recurrir y te escribo a ti, necesito desahogarme y contarle a alguien lo que he vivido ¡Ha sido de película!
Lo cierto es que no fue una actuación premeditada, todo ocurrió como fueron sucediendo los acontecimientos, de forma natural y espontánea ¡Sí, es una locura, será condenada por los cánones sociales! Sin embargo, no me arrepiento de nada.
Todo ocurrió este verano en Mallorca, mi tía me había invitado a su casa a pasar unas vacaciones en su apartamento de la playa, nunca había estado en la isla y necesitaba alejarme de mi novio una temporada (darnos un tiempo porque nuestra relación atravesaba por un nuevo periodo de crisis). Así que me animé y tomé un vuelo de bajo coste hacia allá la última semana de Julio.
Cuando llegué, el calor apretaba y mi tía me recibió con los brazos abiertos en su casa con vistas al mar. Mi estancia allí iba a ser de una semana por lo que me invitó a sentirme cómoda durante el tiempo que estuviese allí.
Los tres primeros días los utilicé para ir a la playa y disfrutar del mar mediterráneo y del sol mallorquín. Hice algunos amigos allí y salí con ellos de fiesta una noche, pero mi apetito sexual estaba flácido, quizá por mi situación con Jesús. Pero entonces, la mañana del penúltimo día como huésped, llegó él, mi primo, al desolado apartamento regentado por mi amable tía.
Yo estaba desayunando, y en el mismo momento que entró por la puerta principal y se asomó por la de la cocina, me recorrió un rubor que perforó hasta lo más profundo de mi intimidad.
En su rostro se iluminaba una complaciente sonrisa que hacía que sus ojos verdosos se estirasen ligeramente dándole un aire oriental, era un rostro atractivo, pulido y masculino con pequitas salpicadas al azar, Su cuerpo bajo la ropa veraniega se adivinaba esbelto y bronceado por el sol. No pude evitar un espasmo que crujió en silencio dentro de i pubis sintiendo la llamada de mi húmedo clítoris.
Con los saludos familiares pertinentes me informó que venía de visita a vernos a mí y a su madre y se quedaría hasta la noche.
Esperé hasta la hora de la siesta. Y allí, en la soledad de la habitación de invitados, sobre la cama de invitados comencé a acariciarme la cintura y los pechos, descendí hasta las braguitas y colándome bajo el algodón del tejido, introduje los dedos entre los pliegues de mis labios deslizándolos con caricias bastante conocidas, masturbándome mientras recordaba y recreaba el rostro y la primera impresión que tuve de mi primo desde la última vez que lo había visto en Madrid, después de 7 años.
Estaba en una rica y deliciosa fantasía cuando de repente entró él en la habitación encendiendo la luz. Me quedé horrorizada mirándole fijamente a los ojos de par en par, y acto seguido los cerré fuerte por la vergüenza y la humillación. Él no dijo nada, sólo apagó la luz u cerró la puerta. Pensé que se había marchado cuando,en la penumbra, unos dedos masculinos, suaves y expertos se pasearon tiernamente por mi boca, jugaron con mis labios y se introdujeron entre mis dientes; los lamí deseando cualquier otra parte de esos dedos que se dirigieron hacia mi vulva húmeda y palpitante. Me abandoné a los tocamientos de mi primo que delataban una amplia experiencia con muchas otras mujeres.
- ¿Quieres más? -, me susurró desde la lejanía.
Un gemido obtuvo por respuesta. Se desabrochó los pantalones, se desprendió de la camiseta y los calzoncillos y se puso sobre mí. Me tomó de las piernas, posó mis talones sobre sus hombros, y entonces recibí su miembro apretando dentro de mí, llenándome entera. Nos movíamos en un vaivén frenético e impaciente por descomponernos el uno dentro del otro mientras me confesaba que había esperado este momento durante mucho tiempo aún cuando nos separaban quince años de edad.
Me besó el cuello, las orejas, la boca, la frente, me comió los senos, siempre dentro de mí, en el ambiente se respiraba a sexo. Probamos alguna postura más en la silla y en el suelo, hasta que agotados nos tendimos en la cama y entre jadeos nos regalamos familiares besos relajándonos sobre las sábanas.
Al día siguiente volví a Madrid y no tuve más noticias de mi primo.
Sí, pensarás que soy una cerda incestuosa pero, no me importa.
Un fuerte abrazo:
Tu amiga Carolina.
20. Octubre. 1996